Alfabetización emocional

Concepto

El término inteligencia emocional, acuñado por Daniel Goleman en su libro Emotional Intelligence (1995), hace referencia a la capacidad del ser humano para reconocer los sentimientos propios y ajenos y la habilidad de la que disponemos para manejarlos. Goleman estima que la inteligencia emocional puede organizarse alrededor de cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación y gestionar las relaciones.

Pese al hecho de que las definiciones más tradicionalistas de este concepto se basen fundamentalmente en el estudio de los aspectos puramente cognitivos, como la memoria y la capacidad para resolver problemas, existe una tendencia actual a incluir asimismo aquellos aspectos que no eran meramente cognitivos, dando lugar a otros tipos de inteligencia, como pueden ser la social, basada en la descripción de la habilidad para comprender y motivar a otras personas; la interpersonal, centrada en la capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas; y la intrapersonal, que atañe a la capacidad de uno mismo para comprenderse, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios (Gardner, 1983).

Análisis

El concepto de inteligencia emocional enfatiza el papel tan predominante que ejercen las emociones dentro del funcionamiento psicológico de un individuo cuando este debe enfrentarse a momentos difíciles y a tareas importantes, como los peligros, las pérdidas dolorosas, la persistencia hacia una meta a pesar de los fracasos, los conflictos con un compañero en el trabajo…

En todas estas situaciones hay una involucración emocional que puede resultar en una acción que culmine de modo exitoso o bien interferir negativamente en el de- sempeño final. Cada emoción ofrece una disposición definida a la acción, de manera que el repertorio emocional de la persona y su forma de operar influirá decisivamente en el éxito o fracaso que obtenga en las tareas que emprenda. Por lo tanto, la inteligencia emocional hace referencia a las siguientes características:

• la capacidad de motivarnos a nosotros mismos;

• la capacidad de perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones que podamos experimentar en un determinado momento;

• la capacidad de controlar nuestros impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo y de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales;

• la capacidad de empatizar con los demás y confiar en ellos.

Sin embargo, pese a la importancia de esta disciplina, no existe ninguna evaluación capaz de determinar el grado de inteligencia emocional que posee un individuo, a diferencia del coeficiente intelectual (CI), que sí es susceptible de ser medido mediante las diversas pruebas existentes para ello.

 

Implicaciones

El concepto de inteligencia emocional enfatiza el papel tan predominante que ejercen las emociones en el individuo, emociones que están presentes desde el mismo momento del nacimiento y en las que influyen de manera notoria y decisiva la relación que se establece entre el hijo y los progenitores, la relación con el entorno familiar y con el grupo social más próximo, como pueden ser los compañeros de la escuela y los profesores. Estas relaciones nos proporcionan la base para determinar nuestra propia interpretación del mundo y para responder emocionalmente a tales interpretaciones.

Una de las premisas necesarias para promover que los alumnos desarrollen su inteligencia emocional en el aula es que el docente también sea capaz de desarrollar su propia inteligencia emocional. Ello no debería sorprender, si tenemos en cuenta la vieja presunción de que el profesor enseña en su práctica docente básicamente su propia personalidad. Por tanto, la promoción y desarrollo de la inteligencia emocional en el aula, tanto del docente como del discente, debe producirse de un modo coordinado. El propio proceso de promoción potenciará un respeto mutuo de las propias sensaciones, facilitando de este modo la creación de ambientes positivos de aprendizaje.

La inteligencia emocional del profesor constituye una de las variables que mejor explican la creación de un aula emocionalmente inteligente, inteligencia emocional que parece depender de cómo gestiona sus propias emociones, especialmente las de naturaleza negativa. El profesor no debería negar sus emociones negativas, sino ser capaz de expresarlas de un modo saludable dentro de la comunidad que construye con su alumnado. Algunas de las claves relacionadas con esta gestión emocional en el aula podrían resumirse en la siguiente premisa: promover entre el alumnado el respeto mutuo por las sensaciones de los demás, lo que conlleva demostrar abiertamente conocer cómo nos sentimos y saber ser capaces de comunicar abiertamente todas nuestras sensaciones. Si somos capaces de hacer que los estudiantes respeten no solo sus propias sensaciones, sino también que manifiesten un respeto explícito por todas aquellas sensaciones y emociones manifestadas por sus compañeros, estaremos contribuyendo a crear en el aula un clima de relaciones basado en el respeto mutuo.

Hoy parece claro que la comprensión lectora o el desarrollo de habilidades de pensamiento debe venir acompañado de una alfabetización emocional. Los métodos posibles son muchos. Rodari habla del concepto de «amplificación», por el cual un elemento secundario de la fábula original puede ser desencadenante de emociones nuevas, esto es, puede actuar de amplificador: Caperucita en clave cómica, por ejemplo, si amplificamos los gestos del lobo al abrir sus fauces, es decir, si hacemos una caricatura gestual. De hecho, en todos los cuentos de miedo o terror, la desdramatización siempre se consigue haciendo familiar o cómico al monstruo (Donde viven los monstruos), es decir, dotándolo de gestos reconocibles y a menudo burlescos o extravagantes, como han hecho los filmes o programas televisivos infantiles que han usado monstruos (Monstruos S. A.).

Referencias

Gardner, H. (1983), Frames of Mind: The Theory of Multiple Intelligences, New York: Basic Books.

Goleman, D. (1995), Emotional intelligence, New York: Bantam Books.

Ledoux, J. (1999), El cerebro emocional, Barcelona: Editorial Planeta, S. A.

Rodari, G., 1976; (1.ª ed., 1973), Gramática de la fantasía, Barcelona: Nova Terra.

Salovey, P. y Sluyter, D. (eds.), (1998), Emotional development and emotional intelligence: implications for educators, New York: Basic Books

Fecha de ultima modificación: 2014-04-22